Oímos con el cerebro, y no con los oídos. Por supuesto, necesitamos los oídos para recibir los sonidos, pero sólo entendemos esos sonidos cuando llegan a nuestro cerebro. Entonces, oír es esencialmente la comprensión del discurso, es un proceso cognitivo, y no mecánico, en otras palabras: oír es pensar.
Los oídos transportan los sonidos al cerebro. No eligen qué enviar. En realidad nuestros oídos nunca descansan. Incluso cuando estamos dormidos, están enviando información al cerebro, el órgano responsable de filtrar y seleccionar los sonidos para que no tengamos que prestar atención a aquellos que son irrelevantes o secundarios.
Estas habilidades evolucionaron durante nuestro pasado primitivo, cuando efectivamente, localizar amenazas y alimentos eran fundamentales para nuestra supervivencia.